Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ängel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad. El hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita. Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el andén.
El subte.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
Transporte subterráneo, semejante al tren, inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fé, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría, se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo, y así entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.