La siguiente historia deriva de experiencias personales, verídicas y ocurridas en nuestra realidad tangible y compartida, hace menos de un mes. Todo lo que en ella sea relatado ha sucedido. No debe ser leída con ninguna de las variedades de desconfianza y cualquier ápice de locura que en ella se encuentre es totalmente lógico de acuerdo al desenlace de las acciones.
Diez minutos se rebelaban para llegar a las ocho, cuando arribé sin ningún problema al centro cultural Carlos Gardel. Lo que me había impulsado eran las ganas de ver una proyección de cine. Debía hacer un trabajo y lo único a lo que podía acudir era esta proyección. Supuse que habría algo de gente, por ahí algo de comer, y de seguro, pero seguro, una película. Mis suposiciones fueron derribadas cual torre de papel por la inquietante realidad. El centro yacía vacío, mi estómago debería esperar y la proyección todavía no estaba preparada. Bueno, tomemos aire- me dije, y decidí salir a comprar algo a la parrilla de la esquina, esperando volver y encontrar un panorama distinto. Con el estómago contento la experiencia tomaría otro rumbo- pensé, jamás supuse cual sería éste.
Al entrar en la parrilla lo primero que se agudizó fue mi olfato, un olor fuerte y penetrante me noqueó e hizo que titubeara al preguntar que había de comer. La señora no entendió mi pregunta. No pude comprender como ella no me había entendido. ¿Qué se supone, debo preguntar en un lugar de comidas? jamás hallaría la respuesta. El hombre a su lado desmembraba un pollo con tal brutalidad, los ojos, clavados en el difunto ave se agudizaban y la boca se relamía de placer, visualizando una futura comida. Lo único certero es que cualquier comida que comprara, no contendría pollo.
Huí de la parrilla, con mi tarta de queso y tomate bajo el brazo y una cervecita, intentando mejorar a toda costa el rumbo que a mi noche se le antojaba tomar.
De regreso al centro, la buena señora de la recepción me instó a subir a la sala de proyecciones, argumentando que ya me habían preparado la sala. ¿Ya me habían preparado la sala? ¿Cómo? ¿Sería yo la única? de pronto algunas cosas se tornaron claras. Hasta el momento no había prestado la debida atención, pero el centro se hallaba inmerso en un silencio mortal, luego del olor putrefacto de la parrilla, y este silencio, algo dentro mío comenzó a incomodarse. A mi alrededor, el único movimiento visible era el dedo índice de la buena señora, moviendo el puntero del mouse. Imagínese usted lector: el centro oscuro, silencioso, casi dormido, casi muerto. La noche que avanza, mis ganas que retroceden, y una señora, una sola señora tranquila. Tranquilidad impaciente, sonrisa retorcida, palabras confusas. La buena señora.
Me dirigí a la sala de proyecciones, sin dejar de prestarle atención a la ubicación. Era la última sala del centro, la más alejada de la salida. Este detalle no pasó desapercibido.
Una vez en la sala, la cosa se volvió de a poquito y gradualmente, cada vez más impredecible. La película en cuestión se llamaba “El verdugo”. Película española de humor negro de los años ´60, narra la historia de un enterrador, un verdugo claro, y la hija del segundo.
No pude evitar notar que la temática de la muerte continuaba repitiéndose. En estas instancias se me hacia complicado saber si era un poco exagerada o si realmente la situación lo ameritaba.
La película empezó, tranquila, antigua, se remitió a acontecer y desvanecerse a cada segundo. Uno más que acontecía, uno menos me faltaba para irme. A la media hora de comenzado el largometraje, apareció en la sala la buena señora. Por todos los dioses que inventamos, que manera extraña de comportarse.
El comportamiento de la misma se asemejaba al del centro, a menor escala. Los dos, tranquilos pero cordiales, se mantenían en silencio, limitándose a sonreír y murmurar un “bienvenido” poco creíble, bastante turbio, demasiado sospechoso.
Yo seguí viendo la película como si nada ocurriese. De pronto, inesperadamente, la buena señora comenzó a cambiarse de ropa. Sí, así como les digo, en el fondo de la pequeña sala la señora comenzó a vestirse con prendas antiguas, blanquinegras, gastadas y un poco ridículas. Se asemejaba a la ropa de los ´50 supuse, y no pude evitar notar que era el mismo estilo de ropa que el de la película. La buena señora dejó sus pertenencias a un costadito del proyector y ahí se quedó, parecía esperando.
Intentaré contar lo que pasó a continuación, procurando ser lo más objetiva posible, sabiendo que no es normal, pero segurísima de que ocurrió.
En un momento determinado de la película de pronto y de la nada, la buena señora se preparó como si fuera a arrojarse de cabeza en una pileta, y apuntó hacia el proyector. Está loca !- Pensé.
Y de pronto, lo más increíble. En la película, en la habitación donde acontecía la escena, al lado del José Luis, el enterrador, y Amadeo, el verdugo, la buena señora. Sí, así como les digo, la buena señora se encontraba dentro de la película. No!, Ella no está loca, soy yo!.
Corrí a llamar a alguien, pero como siempre, el centro, vacío. Volví a las apuradas a la salita, esperando haber alucinado y encontrarme con un panorama normal, pero no, la buena señora hablaba con José Luis, y planeaba su casamiento. La buena señora era Carmen, la hija de Amadeo.
Conteniendo la respiración, de a poco, fui introduciéndome en la película de nuevo, me encontré al ratito, sentada en mi antigua silla, disfrutando de la trama, y aplaudiendo a la buena señora, que sospecho, de vez en cuando me dedicaba una guiñadita.
Terminé de ver la peli, asimilando la situación, supuse que alguna de las dos estaba loca pero no me inquieté en descifrar cual. La experiencia había estado fenomenal, pero los párpados se me caían. Demasiadas sensaciones juntas, serían analizadas en otro momento, si es que lo eran. Las dejaría ser, si, no sé bien cómo es que ocurrió, no me importa.
Comenzaron los créditos, agarré mis cosas y encaré para el baño. Abriendo la puerta de salida, miré de reojo para la mesa de la derecha, la de la recepción. La buena señora se encontraba ahí, como siempre, con el dedo en el mouse, llenando quien sabe qué.
No pude evitar notar el rojo en sus labios, juré que no lo tenía y me pregunté cuán ficticio o real había sido lo sucedido allá arriba, antes de llegar a una conclusión, un guiño de la buena señora la interrumpió.
Le sonreí, me sonrió y me fui. Sin mirar atrás, sin preguntarme cómo, pero jurando volver.