martes, 31 de mayo de 2011

Experiencimetraje

La siguiente historia deriva de experiencias personales, verídicas y ocurridas en nuestra realidad tangible y compartida, hace menos de un mes. Todo lo que en ella sea relatado ha sucedido. No debe ser leída con ninguna de las variedades de desconfianza y cualquier ápice de locura que en ella se encuentre es totalmente lógico de acuerdo al desenlace de las acciones.
Diez minutos se rebelaban para llegar a las ocho, cuando arribé sin ningún problema al centro cultural Carlos Gardel.  Lo que me había impulsado eran las ganas de ver una proyección de cine. Debía hacer un trabajo y lo único a lo que podía acudir era esta proyección.  Supuse que habría algo de gente, por ahí algo de comer, y de seguro, pero seguro, una película.  Mis suposiciones fueron derribadas  cual  torre de papel por la inquietante realidad.  El centro yacía vacío, mi estómago debería esperar y la proyección todavía no estaba preparada. Bueno, tomemos aire- me dije, y decidí salir a comprar algo a la parrilla de la esquina, esperando volver y encontrar un panorama distinto. Con el estómago contento la experiencia tomaría otro rumbo- pensé, jamás supuse cual sería éste.
Al entrar en la parrilla lo primero que se agudizó fue mi olfato, un olor fuerte y penetrante me noqueó e hizo que titubeara al preguntar que había de comer. La señora no entendió mi pregunta. No pude comprender como ella no me había entendido. ¿Qué se supone, debo preguntar en un lugar de comidas? jamás hallaría  la respuesta. El hombre a su lado desmembraba un pollo con tal brutalidad, los ojos, clavados en el difunto ave se agudizaban y la boca se relamía de placer, visualizando una futura comida. Lo único certero es que cualquier comida que comprara, no contendría pollo.
Huí de la parrilla, con mi tarta de queso y tomate bajo el brazo y una cervecita, intentando mejorar a toda costa el rumbo  que a mi noche se le antojaba tomar.
De regreso al centro, la buena señora de la recepción me instó a subir a la sala de proyecciones, argumentando que ya me habían preparado la sala. ¿Ya me habían preparado la sala? ¿Cómo? ¿Sería yo la única? de pronto algunas cosas se tornaron claras. Hasta el momento no había prestado la debida atención, pero el centro se hallaba inmerso en un silencio mortal, luego del olor putrefacto de la parrilla, y este silencio, algo dentro mío comenzó a incomodarse. A mi alrededor, el único movimiento visible  era el dedo índice de la buena señora, moviendo el puntero del mouse.  Imagínese usted lector: el centro oscuro, silencioso, casi dormido, casi muerto. La noche que avanza, mis ganas que retroceden, y una señora, una sola señora tranquila. Tranquilidad impaciente, sonrisa retorcida, palabras confusas. La buena señora.
Me dirigí a la sala de proyecciones, sin dejar de prestarle atención a la ubicación. Era la última sala del centro, la más alejada de la salida. Este detalle no pasó desapercibido.
Una vez  en la sala, la cosa se volvió de a poquito y gradualmente, cada vez más impredecible. La película en cuestión se llamaba “El verdugo”. Película  española de humor negro de los años ´60, narra la historia de un enterrador, un verdugo claro, y la hija del segundo.
No pude evitar notar que la temática de la muerte continuaba repitiéndose. En estas instancias se me hacia complicado saber si era un poco exagerada o si realmente la situación lo ameritaba.
La película empezó, tranquila, antigua, se remitió a acontecer y desvanecerse a cada segundo. Uno más que acontecía, uno menos me faltaba para irme. A la media hora de comenzado el largometraje, apareció en la sala la buena señora. Por todos los dioses que inventamos, que manera extraña de comportarse.
El comportamiento de la misma se asemejaba al del  centro, a menor escala. Los dos, tranquilos pero cordiales, se mantenían en silencio, limitándose a sonreír y murmurar un “bienvenido” poco creíble, bastante turbio, demasiado sospechoso.
Yo seguí viendo la película como si nada ocurriese. De pronto, inesperadamente, la buena señora comenzó a cambiarse de ropa. Sí, así como les digo, en el fondo de la pequeña sala la señora comenzó a vestirse con prendas antiguas, blanquinegras, gastadas y un poco ridículas. Se asemejaba a la ropa de los ´50 supuse, y no pude evitar notar que era el mismo estilo de ropa que el de la película. La buena señora dejó sus pertenencias a un costadito del proyector y ahí se quedó, parecía esperando.
Intentaré contar lo que pasó a continuación, procurando ser lo más objetiva posible, sabiendo que no es normal, pero segurísima de que ocurrió.
En un momento determinado de la película de pronto y de la nada, la buena señora se preparó como si fuera a arrojarse de cabeza en una pileta, y apuntó hacia el proyector.  Está loca !- Pensé.
Y de pronto, lo más increíble. En la película, en la habitación donde acontecía la escena, al lado del José Luis, el enterrador, y Amadeo, el verdugo, la buena señora.  Sí, así como les digo, la buena señora se encontraba dentro de la película. No!, Ella no está loca, soy yo!.
Corrí  a llamar a alguien, pero como siempre, el centro, vacío. Volví a las apuradas a la salita, esperando haber alucinado y encontrarme con un panorama normal, pero no, la buena señora hablaba con José Luis, y planeaba su casamiento. La buena señora era Carmen, la hija de Amadeo.
Conteniendo la respiración, de a poco, fui introduciéndome en la película de nuevo, me encontré al ratito, sentada en mi antigua silla, disfrutando de la trama, y aplaudiendo a la buena señora, que sospecho, de vez en cuando me dedicaba una guiñadita.
Terminé de ver la peli, asimilando la situación, supuse que alguna de las dos estaba loca pero no me inquieté en descifrar cual. La experiencia había estado fenomenal, pero los párpados se me caían. Demasiadas sensaciones juntas, serían analizadas en otro momento, si es que lo eran. Las dejaría ser, si, no sé bien cómo es que ocurrió, no me importa.
Comenzaron los créditos, agarré mis cosas y encaré para el baño.  Abriendo la puerta de salida, miré de reojo para la mesa de la derecha, la de la recepción. La buena señora se encontraba ahí, como siempre,  con el dedo en el mouse, llenando quien sabe qué.
No pude evitar notar el rojo en sus labios, juré que no lo tenía y me pregunté cuán ficticio o real había sido lo sucedido allá arriba, antes de llegar a una conclusión, un guiño de la buena señora la interrumpió.
Le sonreí, me sonrió y me fui. Sin mirar atrás,  sin preguntarme cómo, pero jurando volver.

lunes, 23 de mayo de 2011

"El Verdugo" en el Carlos Gardel.

Un día después de haberlo conocido, ya estaba en el Centro Cultural Carlos Gardel de nuevo. Claro, una le va tomando el gustito.
Llegué de noche, a las 19:50 precisamente, el centro, como de costumbre, vacío. Dudé que hubiera función pues realmente no había nadie dando vueltas, ni la señora de recepción.
Dos minutos antes de las 20, apareció la misma, preguntando que hacía yo por ahí. Le comenté que había leído en la programación que hoy miércoles se proyectaba una película, “El Verdugo” Claro me dijo, espera un segundo que te preparan la sala.
Para mi sorpresa en la sala la única persona era yo. Así como les digo, la película, las butacas, la sala y yo. Me compré una cervecita y una porción de tarta y con el primer mordisco la proyección comenzó.
El Verdugo, película española del año ´63, dirigida por Luis García Berlanga, narra la historia de José Luis, un enterrador empleado de una funeraria, el cual sueña con viajar a Alemania a perfeccionarse como mecánico. En el medio, conoce a Amadeo, verdugo toda su vida, y Carmen, la hija de Amadeo. Cuando un día, José Luis y Carmen son sorprendidos por Amadeo en la intimidad, éste los obliga a casarse. Amadeo, que está a punto de jubilarse, logra convencer a José Luis para que solicite la plaza que él va a dejar vacante, lo que le daría derecho a una vivienda. Presionado por la familia, José Luis acepta la propuesta de su suegro, convencido de que jamás ejercerá tan ignominioso oficio.
¿Qué decir? Confieso que la película comenzó de manera tediosa. Una respeta mucho el cine, más los largometrajes antiguos, sólo por eso, por antiguos. Cuanto más viejos son, menos recursos utilizan, y eso se valora. Pero a la hora de verla se hacía aburrida, el hecho de ser en blanco y negro, de tratarse de una cotidianeidad perteneciente a otra época y a otro lugar geográfico tampoco ayudan. Imagino que alguna persona, perteneciente a Madrid, y nacida en los ´20, se sentiría bastante identificada, y a la hora de verla, se moriría de risa, pues se trata de una comedia de humor negro gallega, pero no era mi caso.
A medida que los minutos pasaban, sin embargo,  me fui sumergiendo en el relato. Luego de un rato de proyección, un poco de frío, una botella vacía y un envoltorio de comida, ya quería saber qué es lo que sucedería cuando a José Luis le llegara el turno de ejercer por primera vez el oficio al que tanto respeto le tenía, y tanto asco.
Una vez finalizada la proyección, me dirigí a la entrada, le agradecí a la señora de la recepción, quién seguía en el mismo lugar donde la había dejado, haciendo lo mismo.
Esta visita, como las demás fue muy tranquila. Como he mencionado anteriormente, es un lugar realmente lindo, pero carente de movimiento, de gente.
Prefiero pensar que soy muy inoportuna, que justo caigo en el momento en que los payasos, los cantantes y las bailarinas están en un recreo, por los exhaustivos ensayos. Que los niños que reían a carcajadas minutos antes de que yo entre ya han partido para sus hogares. Que los vecinos han regresado a toda velocidad a sus cocinas para chequear que el agua de los ravioles no se rebalsara. Que a la de la recepción la encuentro siempre sentada en el mismo sitio, pero sólo porque está agotada de abrir la puerta a la cantidad de gente que entra al centro, la cual es tan pero tan ordenada que en ningún momento deja rastros de comida, de bebida, o de vida.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Bailando una crónica, en el Carlos Gardel

Les voy a contar cómo llegué al Centro Cultural Carlos Gardel. Es un pequeño secreto. No, más bien uno grande. Al leer estas líneas se comprometen a no divulgarlo, pues mi reputación se vería derribada por mi poca ubicación geográfica. El mencionado centro está ubicado en Olleros 3640, esto es a pocas cuadras de la antigua sede de sociales. Lo que he hecho entonces, fue haber ido a la antigua sede y volver. Claro, en el viaje de vuelta a casa, pasaría por el centro, como hacía todos los días al volver a casa, el año pasado.
Mi primera impresión del centro, al entrar, fue buena. Menos mal, como dicen por ahí, para todo hay segunda oportunidad, menos para la primera impresión. Es un lugar enorme, de ladrillos grises y barandas rojas, con aspecto moderno y muy bien cuidado. Tiene una mesa redonda en el centro y un par de sillones al fondo, antes del telón. De la mano derecha, encontramos los baños y la cocina, la recepción se encuentra a la izquierda. En ella, trabaja una buena señora. Al enterarse ella, que yo era de la UBA, no hizo más que bien predisponerse a contarme todo lo que realizaban ahí. Me contó también que se le había ocurrido un proyecto para estudiantes. Según ella, los estudiantes de sociales deberíamos tener nuestro espacio en el centro, para ver películas o exposiciones y debatir. Me robó una sonrisa claro, y me invitó a dar las vueltas que quisiera por el lugar.
Cerca de la recepción se encuentran las salas 1 y 2 de exposiciones. Desilusión al entrar, pues había unos cuadritos pequeños en las paredes, y nada más. Esa fue mi segunda impresión. El centro, es enorme, tiene mucho potencial, podría estar lleno de exposiciones, de obras, de muestras, de espacios compartidos, de gente, de arte. Sin embargo, parecería estar desaprovechado, por lo menos en este momento, pues hay lugares, hay espacio pero no hay nada en ellos, está vacío.
Sin mucha vuelta crucé el telón. Frente a mí, un escenario de grandes dimensiones, con espacio para muchas sillas, con un camarín y unos baños detrás. Claro, uno al verlo si visualiza lo que la buena señora de la recepción nos mencionó hace un ratito, hace mucho tiempo, éste era un establo de caballos, cabe imaginar entonces las dimensiones del galpón. Es genial, al verlo, uno fácilmente puede imaginarse una divertida obra robándose el espacio. Sin embargo, como todo lo demás, el escenario está vacío, demasiado limpio, demasiado quieto.
Lo que si me gustó, fue leer que todos los últimos jueves de cada mes, la radio 91.3 transmite sus acústicos en vivo, imaginé que un día como ese, el escenario se vería distinto.
En el piso de arriba por último, la biblioteca, la cual abre sólo por la tarde, y la última sala de exposiciones, la 3, también vacía.
La única exposición que pude contemplar, fue la del los pequeños trajes de la Revolución de Mayo. Esta expo intenta demostrar cómo fue variando nuestra vestimenta desde el 1810 al 2000. Así, encontramos trajes como vestidos bordados a mano, vestidos de noche, el primer guardapolvo, el corsé, la vestimenta de paisano, los trajes de baño y los primeros joggings, el overol industrial y el tan habitual jean. El último de los trajes, era uno que simulaba ser del año 2000, según esa época. Era gracioso ver  un traje como cualquier otro, o aún más antiguo, pero plateado, lo que le daba el aspecto de futurista.
Algo para destacar, según la buena señora de la recepción, cualquiera que quiera presentarse en el Centro, acompañado del arte en el cual se desempeña, puede hacerlo, avisando con seis meses de anticipación.
Antes de irme, una contradicción se dio lugar. Empecé a visualizar mucho movimiento, gente descargando grandes cuadros, gente barriendo, gente acomodando y preparando el centro para lo que se ve, sería alguna gran ocasión. Al preguntar, me dijeron que en pocos minutos arribaría Favio Posca, actor de Los únicos, para filmar ahí algunas escenas. El centro así, tan independiente como vacío, se contraponía a un producto tan industrial, como la novela del canal 13.
Me dirigí a la gran puerta del centro, chequé por última vez la programación del mes de Mayo, y busqué la parada del 65, colectivo que me llevaría de nuevo a casa, a escribir todo lo que había visto, lo que me había gustado, y lo que no.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Se hace camino al andar.

Cuesta abajo, cuesta arriba, cuesta. Plasmar lo que uno es, lo que uno siente, no es nada fácil. No es fácil plasmar, no es fácil sentir. Crecer duele dicen por ahí, dicho y hecho.
Todo es un proceso, al igual que este trabajo.
Lo empecé en una semana complicada. Me daban vueltas muchas cosas por la cabeza, y ninguna tenía que ver con la facultad. Eran como un gran encuentro de nudos, se ataban y desataban ideas por todos lados, enredando cualquier pequeña ocurrencia que se animara a entrometerse. Como dice Oliverio, yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades, y lo peor,  cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás
Como decía , este trabajo tenía el último numerito en la fila de prioridades.  Sin embargo, descubrí que lo podía usar en mi favor. Cambiarle el título de trabajo obligatorio, ponerle el de puerta de escape. Y me fui, si me fui lejos, me fui abstracto, me fui.
Tarde nueve minutos. La primera vez de ese trabajo, ocurrió, me convenció y se plasmó, todo al mismo tiempo. Estaba contenta, me había llevado unos minutos escribir, lo que me había dado vueltas por días. Y estaba contenta, tenía un trabajo para presentar, algo para compartir.
Lógicamente, no se entendió nada, ni de dónde venía ni a dónde quería ir el texto. Había caminado en una dirección errónea, y ahora tenía que volver sobre mis pasos, y ahí comenzó la parte complicada. ¿Como traducir esa pirueta en los aires, en un paso de baile sistemático, bien pegadito a la tierra? ¿Como traducir esa pequeña locura, a un texto narrativo, coherente, cohesivo, que se portara bien, que hiciera travesuras dentro de sus límites?
Y así vengo,  menos mal que es un proceso. El texto fue reescrito, vale decir, cambiado, sólo algunos matices de la primer semilla quedaron creciendo, los demás fueron reemplazados. Fue reemplazado el personaje. El primer texto contenía a un buen hombre, pero codicioso, quien perdía la cabeza en su objetivo. La historia no era muy clara, pero si análoga a mi cabeza, a mi estado de pensamientos en esos días. EL hombre de la reescritura es trabajador, es perseverante, y es menos codicioso, aspira a algo perfectamente posible si los factores son y se conjugan correctamente. Hay muchas cosas que sé de él, de Miroslav, sospecho sin embargo no haberlas traspasado al papel, la idea en mi se va conformando de a poquito.
Mi trabajo es como la punta de un iceberg, hay tanto por debajo, dentro de mi mente, fuera del papel  y averiguar cómo representarlo es el dilema. A medida que pasan los días, la historia se me familiariza y creo conocerla desde hace mucho tiempo.
El proceso aún no acaba, recién comienza. A la historia la quiero, no me satisface en este momento, pero en el fondo una lucecita brilla. Me tomo unos días de buceo, para rodear el hielo y  retomar a la superficie, a mostrarle a los que quieran ver, que fue lo que encontré en el fondo.