No sé realmente como hacer para dejar un comentario, lo escribo y pongo las letritas esas y no me deja
Debemos arrojar a los oceanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aqui existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad. García Márquez
lunes, 15 de agosto de 2011
domingo, 14 de agosto de 2011
Proceso
A ver , a ver. algunas anotaciones sobre el proceso, escucho opiniones.
"Anoche cené faie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en estos saltos que me atrae más que nada".
Vamos de viaje.
Una crónica de viajes es lo que más me gustaría hacer. Me fascina viajar, necesito escribir. Me quiero ir, no importa la distancia, solo estarme yendo.
Al principio se me ocurrió hacer una crónica en el norte del país, antes de este proyecto, mi idea era viajar para allá en estas vacaciones. Mi mejor amiga se fue a vivir a Cafayate, mi idea era visitarla, y tener más que una excusa amistosa para ir. Pero ese viaje se pinchó, una serie de factores hicieron que lo tachara de mi agenda.
Después se me ocurrió hacer una crónica urbana, y mirar lo que veo todos los días . Se me ocurrió elegir un barrio y recorrerlo a fondo, lograr un buen proyecto narrativo, y expandir mis áreas de conocimiento geográfico. Es en lo que ando ahora, intentando ver que encuentro y si lo que encuentro me interesa.
Estoy leyendo mucho Caparrós, me encantaron las crónicas leídas en el taller. El Interior ya está en mi mochila.
Me tomo mi tiempo.
Los días pasan, las vacaciones se acomodan, yo dejo de hacer muchas cosas, empiezo algunas otras, y leo.
No se me ocurren muchas cosas para el proyecto, entonces leo. No me quiero sentar a escribir y forzarlo, no voy a ponerme a inventar o a rogarle a las palabras que se afilen como corresponde, entonces, prefiero leer, confiando en que eso colabore.
Leo El Interior, de Caparrós. Recorre tantos lugares, lo inundan tantas historias, que voy por el final, leyendo situaciones acontecidas en el Norte, y no puedo creer que sea el mismo libro que hace poco me contó tanto sobre el Este. ¿Te acordás cuando te leí en Misiones? le digo a Martín, cuánto viajamos, cuánto crecimos. Se me hace lejana la anécdota, lejano el lugar, lejano el tiempo. De pronto uno se encuentra en la casita de adobe bien perdido en Tucumán, para hallarse luego, en un prostíbulo rosarino, o una bodega mendocina .
Ruta, erre, bigotes, Ironía, crudeza, lapiceras.
No puedo parar, sucede con pocos libros, por no decir poquísimos. Hay algunos que te manipulan, te endulzan y atrapan, pero este en especial, lleva el control. Y me tiro de cabeza, y me paso horas leyéndolo.
La crónica va a ser subterránea.
Si pienso en las cosas de taller I que valoro, haber conocido, o ahondado en este autor, es una de ellas.
No piensen que de pronto me enamoré y he perdido todo valor de juicio, no es que cualquier cosa que Caparrós me cuente me parecerá la más inteligente o más interesante, exceptuando algunas..Lo que me paso a mi va por otro camino. Sin darme cuenta, me brindó el formato que más cómoda, hasta el momento, me hace sentir a la hora de escribir. De pronto me encontré leyéndolo y leyéndome. Y al instante comenzó una cadena de revelaciones, y descubrí que no sólo me brindaba un formato que me gustaba, sino que me identificaba, o mejor dicho identificaba su vida, con la vida que en algún momento comencé a añorar para mí.
Viajo en subte seguido, intento recopilar datos, situaciones, encantos. Me felicito por decidir viajar en subte, e irme a propósito a capital, estando de vacaciones. Y me acuerdo cual es mi trabajo, y pienso: menos mal que estudio esto, que placer.
Pero estoy holgazana, las anotaciones van acumulándose al costado de mi cama, de a poco salen raíces. No me preocupa, por ahora, la cabeza me va trabajando.
Es curioso que el formato que pienso implementar en mi proyecto, es decir, en la crónica, sea el mismo que utilizo para escribir su proceso.
En El Interior, Caparrós su sube al erre, y recorre el Interior del país, en realidad , del centro para arriba, comenzando por el este, y terminando por el oeste, para luego volver al centro y regresar, por último, a Buenos Aires. Como objetivo de viaje, Martín busca descubrir que es lo que, a todas las provincias, tan heterogéneas, y por momento, opuestas, nos une como país. Va ideando criterios que luego van siendo conquistados por otros que se imponen.
Hay criterios para todos los gustos.
Caparrós trabaja para el Fondo de Población de Naciones Unidas. Es por eso que viaja una vez por año, a nueve o diez países, y relata distintas historias, muchas sobre inmigrantes. Que mejor que hacer eso para ganarse la vida.
Una luna es un encargo de Naciones Unidas para contar la vida de jóvenes migrantes del Tercer Mundo. De Kishinau a Monrovia, de Barcelona a Johannesburgo y Ámsterdam, Lusaka, Madrid, pasando por Pittsburgh y París.
Natalia, una campesina moldava vendida por su marido a una red de prostitución extranjera; Richard, un pequeño exilidado de las guerras civiles de Liberia, testigo de masacres, desapariciones, y de cómo se comen a su abuela. Una joven violada, un niño soldado.Edna, ceropositiva en Zambia, esposa, madre, hermana de ceropositivos."Anoche cené faie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en estos saltos que me atrae más que nada".
Vamos de viaje.
Leí Un día en la vida de Dios . Éste, a diferencia de los otros, es una novela. Narra la historia de La Bola, la encargada de crear el planeta, nuestro planeta. La intriga la sobrepasa, y comienza a espiar como es que los bichitos que habitan el planeta actúan. Es ahí cuando descubre que a lo largo de la historia, esos bichitos, nosotros, creamos dioses a los que responsabilizamos de la creación. Por celos, envidia e intriga, La Bola se va personificando en los distintos personajes de la historia, para conocer por que es que lo hacemos.
Ahora me encuentro leyendo Dios mío, una crónica de Caparros por la India, en busca de Sai Baba.
La crónica avanza, me entusiasmo en demasía y disfruto, una vez que arrancó lo más difícil queda atrás. Salgo de casa a las 2 pm , vuelvo a las 8 de la noche, me la pase toda la tarde yendo de acá para allá en el subte, línea C. A ver que sale de todas las porquerías que escribí.
“Viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”
Me gusta el tema que elegí; cuando no se qué escribir, me tomo el subte un par de horas, algo siempre aparece. Hay que aprender a mirar.
Confieso que a veces me aburro, y entonces me pongo a leer mi libro, auto-convenciéndome de que todo suma.
domingo, 7 de agosto de 2011
Proyecto narrativo. Crónica subterránea.
Boceto 2
Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ángel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad, el hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita. Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el vagón.
El subte.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
EL Subte inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913, en dos años cumple 100.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fe, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
¡Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, ¿viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría, se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo, y así entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
Los disfruto, y disfruto pensar que así de relajados, y de ajenos, somos nosotros cuando estamos afuera. Que ganas de estarlo.
¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
¡No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.
Se miran. Ella carga una historia, un pasado concreto e íntimo. ÉL, otra.
No se parecen en lo que fueron, puede que sí, en lo que serán.
Ambos esperan el subte. Cuatro minutos transcurren entre uno y otro.
Cuatro minutos que lo pueden cambiar todo.
Qué lindo sos – piensa ella, percatándose de su presencia en el andén.
El tamaño de tu cuerpo iría bien con el mío- concluye pensativa.
Él la mira, se da cuenta de que ella lo observa.
Qué linda sos, podríamos llevarnos bien- piensa el varón.
¡Ay!, me miraste, ¿nos gustaremos?- se entusiasma la mujer.
No puedo parar de mirarte- se le ocurre a él
Decime algo, invítame a salir, animate- Ella.
¡Cómo te invitaría a salir!, si no fuera porque no estoy solo, dejaría todo por probar esa boca, ese flequillo que esconde tus ojos, que linda sos, perdóname- piensa él triste, mientras la contempla.
Nuestro amor no puede ser.
Llega el subte.
Él se lo toma, ella no.
Adiós amor mío- exclama él con el pensamiento mientras apoya su palma sobre el vidrio y le regala una mirada desconsolada.
Adiós - responde ella con un puchero irremediable y un cielo oscuro en los ojos.
Una conexión, un subte, ni una palabra.
Como decía, en 1913 se inaugura este medio de transporte, siendo el primero en todo el hemisferio sur. Su primer objetivo fue acortar el tiempo de viaje entre la Casa Rosada y el Congreso, cuando éste se emplazó en su lugar actual. La primera línea estaba constituida por lo que hoy forma parte del tramo de la Línea A. Luego se inauguró la Línea B, en 1930, y en 1933 se comenzó la construcción de las restantes.
¿Tendremos algo en común, todos los que tomamos el subte?
Un sudafricano de unos 28 años, una señora arrugada de mirada triste y seis décadas encima, un escolar de unos 15, una parejita encendida, un rubio turista , una familia, a mi juicio , norteña, y yo. ¿Qué tenemos en común? Sólo el vagón, supongo.
El subte, al comienzo, funcionaba hasta después de la 1 de la mañana, pero cuando el servicio fue privatizado, en el 94, la concesionaria Metrovías redujo el horario, aduciendo que necesitaba tener la red cerrada durante más tiempo para realizar obras de modernización. El horario nunca se extendió. En la actualidad, sus líneas cierran entre las 23 y 24 horas.
De noche es cuando las cosas más increíbles y fuertes suceden. Son las 22. Me encuentro debajo de la terminal de trenes de Retiro. Claro, aquí comienza la Línea C, de Retiro a Constitución en un periquete. Desciendo por la escalera mecánica, tantas veces hice esto, tan temprano, con una manga de apuntes en el brazo, llorando porque no llegaba a leerlos a todos, y pensar, que bueno que todavía me queda el subte para leer, y volver a pensar, y concluir: da igual, tardo un poco más de 8 minutos, no leo ni el título.
Hay de todo aquí abajo, desde una cafetería, hasta negocios de ropa interior, pasando por el puesto gigante de diarios y revistas, las ventanillas para comprar los boletos, la oficina para recargar la tarjeta Monedero, la salita de cámaras de vigilancia, el quiosco grande, la gente, cuanta gente, y cuan diferente. Eso, creo, es lo mejor que tiene el subte, la heterogeneidad.
Camino despacio, con los auriculares. Tener los auriculares puestos me hace derivar todo mi potencial al otro sentido. Cuando los tengo puestos observo en demasía, si me los saco, escucho por demás.
Me choco con una pequeña, muy humilde, descalza. A unos metros visualizo a la mamá, roncando, tirada en un rincón, sobre unos diarios. Para mi horror, descubro que la enana juega con una rata muerta, y me pregunta, acercándomela hasta la panza, hasta donde ella llega, si sé decirle si es machito o hembra. Una ratita. Intento disimular mi cara de asco, disculpen, pero si, asco, y la convenzo de que la suelte, vaya a saber uno que se puede contagiar.
Dios, si existieras , te pediría algunas cosas.
El subte cuenta actualmente con 6 líneas, de la A a la E, y la H, todas, distinguidas por sus respectivos colores. Celeste, rojo, azul, verde, violeta y amarillo. La suma de esta red de líneas, compone 52, 3 km de vía. Si compusieran solo una línea recta, nos llevarían hasta las afueras de Buenos Aires, que genial sería irse hasta Rosario en Subte, en un par de horas.
La combinación entre líneas, comenzó sólo después de la creación de la D, las mismas son gratuitas.
Recargo mi tarjeta Monedero, en la ventanilla de pasajes.
Después de una larga cola:
Buen día, ¿me cargas $20 por favor?
Comencé a tomar el subte hace relativamente poco, antes de cursar en Consti, lo había tomado máximo 6 veces en mi vida. Vivo en provincia, el tren es lo mío, no soy fanática del centro, ahí está la clave.
Siempre tuve la tarjeta Monedero. Me pregunto cómo habrán sido los cospeles. “Un viaje en subte” y “Subterráneos de Buenos Aires” se leía en sus respectivas caras. Los mismos fueron moneda corriente hasta el 2000, hasta hace poquito, que chica soy.
El subte porteño se caracteriza por la presencia de murales que adornan sus estaciones. Los mismos fueron considerados como parte del patrimonio cultural de la ciudad de Buenos Aires.
Quedé en encontrarme con un amigo en la puerta de la facultad. Lo bueno de esta crónica en particular, es que crece cada vez que me tomo el subte.
Me bajo en la estación Independencia, y presto atención al mural. El cartel dice que esta línea es conocida como la línea de los españoles, y que sus murales hacen alusión a los distintos paisajes de España. Bonitos.
Si viajo por la línea A, encuentro azulejos blancos, decorados con colores, que recubren sus estaciones, y que fueron instalados para facilitar el reconocimiento a los pasajeros analfabetos. Si lo hago por la B, me encuentro con murales heterogéneos, de diversos artistas, recibidos a partir de 1991. Algunas de sus estaciones los poseen, otras están totalmente pintadas de gris. Por ejemplo, en la estación Florida hay un mural sobre la historieta Patoruzú. En Uruguay, hay un mural que recuerda al Eternauta. La estación Carlos Gardel, posee, por supuesto, murales que recuerdan al cantante de tango, quien vivía en las proximidades, por eso el nombre. La estación D es interesante, pues en sus andenes enfrentados, representa, mediante murales, una misma realidad, en un siglo y en otro. Son escenas referentes a mismos paisajes y lugares, pero uno, por ejemplo, la representa a principios del siglo XIX, y otra a principios del XX.
También leo, en la línea B, que ahí se hicieron hallazgos paleontológicos, y de pronto me imagino a un mamut tomándose el subte. Los mismos se hicieron en los años 30, cuando se realizaban las excavaciones para construir la línea. Los restos son expuestos en la estación Tronador.
Que increíble viajar en un subterráneo, que no tarda más de cuatro minutos entre estaciones, tan cargado de tecnología y eficacia, e imaginarme en el mismo espacio un mamut, o más cercano, un indio. Como cambian las cosas, como cambiamos.
Son las 9 de la mañana. En la calle hace 5° de temperatura, llueve, como si no quisiera. Acá abajo 15°. Qué manera de pasar calor. Ahora en invierno, no me quejo tanto, es el momento en que me saco cuatro de las siete camperas que llevo puestas, y disfruto de no titiritar tanto, hasta que me toque salir y subir, y volver a emponcharme, pero en verano, el cuerpo se vuelve de plastilina.
Hay días en que el subte me pone de un profundo y molesto mal humor. No me suele pasar, no lo utilizo hasta el derroche, pero hay momentos en que la gente, supongo yo, me pone de mal humor. Me pongo en sus lugares y por momentos pienso, y claro, pobres, viven a las corridas, para llegar a un trabajo que no les gusta, para después cenar solos, o acompañados de alguien que ya no los entiende, o ya no los quiere entender, lo cual es peor. Pero de pronto pienso, bueno basta de ponernos todos en el lugar de los otros, ocupemos el nuestro y punto. Y ahí es cuando una mueca de mal humor me roba la cara y hace con ella lo que quiere, ante un gesto mal educado o impulsivo, en el que olvidamos al prójimo y lo pasamos por arriba.
O la increíble situación de ver que compartimos vagón, y sólo eso, cada uno inmerso en su aparato de música, me incluyo, o en su celular, gritando a los cuatro vientos, para que nadie piense que no son indispensables. Me excluyo.
Y nos veo siempre acompañados, de la tele en casa, del celular en la calle o el subte, de la radio, y de pronto añoro un silencio mortal y solitario , en que todos seamos obligados a confrontarnos y ver qué pasa con eso.
Pienso de vez en cuando, hacia donde va esta crónica, me distraigo observando lo que ocurre a mi alrededor, las pequeñas grandes cosas que ocurren, las realidades que nos muestran, y nosotros las pasamos de costado, cual vidrieras, sin querer mirar, de reojo, sin culpa. Supongo que iré entendiendo como armarla: que es lo que tengo que contar, lo que no, que va primero, que, después, que sobra y que no puede faltar.
Me propongo una última travesía por la línea C, ya familiar, ya querida.
Diagonal Norte es la estación más concurrida. En la misma se hacen combinación con la línea B y D. Esto quiere decir que cada acción que elijamos llevar a cabo nos costara el doble. Cualquier escalera, andén o máquina chorrea gente.
Y me malhumora tanto la gente. Lamento , con el tiempo, darme cuenta. Lamento ceder cada vez menos.
Estoy arriba del subte, llego a esta estación, quiero bajar. Cuando las puertas se abren, una jauría de perros salvajes se abalanza para entrar, impidiendo que yo y los restantes humanos civilizados salgamos. Okey, no me excluyo de la jauría. ¿Por qué nos movemos de esta manera? En el Interior creo no pasa. ¿Cómo piensan caber en el vagón si éste no desagota primero?
Me encuentro contra una pared escribiendo algunas notas. EL cuaderno, varias biromes a la vista, los lentes y los auriculares. Sé que algunas personas me observan y se preguntan, supongo, que es lo que escribo. De pronto me entristece que escribir no sea algo más común.
Subo de nuevo. Me encuentro en el vagón repleto de gente. Observo a los que me rodean. De pronto me encuentro imaginando de qué trabajará cada uno, si tendrán hijos, si serán o no interesantes o buenos en la intimidad. Y me recorre el cuerpo el placer de prejuzgar y saber que seguro me esté equivocando.
Bajo en Mariano Moreno. La gente baja del subte y sube las escaleras. Me quedo abajo, sola. Me asusto. Veo un chico a lo lejos y espero lo peor, o lo imagino. El chico se me acerca, y antes de que una mueca de miedo me invada, me regala el diario.
Toma, ya lo leí-dice.
De nuevo, lindo el placer de equivocarse.
Hace un tiempo, vi por internet unos videos llamados Combinaciones. Los había producido La Nación Digital y trataban sobre historias sucedidas en un viaje en subte.
Conversaciones Ajenas narraba la conversación entre dos amigas, donde una primera la contaba a la segunda que había empezado a salir con un hombre: increíble y casado. Una tercera señora, sin querer queriendo escuchaba la conversación y la cara comenzaba a transformársele cuando descubría que el hombre en cuestión era su marido. Ella era la cornuda, la que estaba convidando un poco de su hombre a la ridícula sentada en frente.
Terribles coincidencias, tan habituales y catastróficas. Que ganas de presenciar una.
Esa gente que viaja con la música puesta, sin auriculares, a todo volumen.
Gracias, ¿cómo sabías que estoy agotada, me retumban los oídos, mi cabeza no da más, tengo hambre y problemas para tirar al techo, pero me moría por escuchar tu cumbia a todo lo que da?
Sigo en la misma línea. Estación Lavalle, entre Gral. San Martín y Diagonal Norte.
A ver Lavalle, que tal sos, que tan bulliciosa o impredecible. Un bombón me mira, no puedo pensar.
Sigamos. Tenés pinta de estación tranquila. Te doy cuatro minutos para que me muestres algo. Apurate. Un minuto. Cuarenta personas me rodean. Llega el subte. Te doy otra oportunidad, lo dejo pasar, que compasiva.
Un minuto tarda en llegar el otro subte. En serio, un minuto, me sorprende. No tanto Lavalle. Adiós, adiós. Me subo
Pertenezco al mundo de los que no escuchamos lo que sucede alrededor. Es lindo pensar que musicalizo el trayecto, que entiendo otra cosa de él. No lo es tanto darme cuenta que no soy la única, que la mayoría se crea un mundo, que cada vez menos compartimos el mismo.
Una cree ser la excepción, luego se da cuenta que es pura regla.
18:00 hrs. Todavía no es hora pico, o está empezando.
Qué manera de tocarnos en el subte. Lugar obsceno pero permitido. ¿Qué vas a hacer, si son las siete de la tarde, todo el mundo decide terminar su horario laboral al mismo tiempo, y como si esto fuera poco optan todos por el mismo transporte? Terminamos así, totalmente apretados, en las situaciones más incómodas, y como dije, permitidas.
Un chico juega con su blackberry, y estamos tan apretados que el aparato se encuentra a 2 cm de mi nariz.
¿Te ayudo a jugar?- le pregunto y me rio, se ríe.
Me gusta poder hacer este trabajo, tener el tiempo para. En lo que va de mi tarde llegué de terminal a terminal unas cinco veces. Retiro- Constitución, viceversa, muchas viceversas.
Me doy el lujo de ir y volver, y pasar por las estaciones que quiera cuantas veces quiera, y dejar pasar dos subtes si me faltó poner una coma en mis escritos. Sin brújula, sin tiempo, sin agenda, me doy el lujo de olvidarme , incluso , para que lado estoy yendo.
Me siento pasiva y observadora, como quien parte para la selva, pero la observa desde el camioncito, observando el comportamiento de los peligrosos animales. ¿Me sentía afortunada? Ya no. Quiero ser un animal. Compro el paquete, incluso la rutina.
Tercera y última chance para Lavalle. Me quito, inclusive, los auriculares. Le presto todos mis sentidos, a ver que muestra.
Gracioso, toda persona alrededor es hombre. Digo: no mujer, y hay muchos. Sólo un detalle.
Dos minutos, viene el subte. No quiero esperarte más. Fuiste Lavalle.
Baje de día, subo de noche, nunca me percaté. La magia subterránea. Me cansé por hoy
A la superficie por favor.
martes, 2 de agosto de 2011
Proyecto narrativo. Crónica subterránea.
Esto es lo que tengo, no se bien como encaminarlo, pero queria darles algo. No se si esta cumpliendo de pronto con las pautas, me parece haberme extendido, pero realmente esta siendo divertido.Lo que no tengo muy en claro es el objetivo. Ayuda
Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ángel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad. El hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita. Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el andén.
El subte.
Estos son algunos intentos de hacer una crónica, una crónica de la red de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires. Claro que la misma es enorme, mi intento contendrá algunas pequeñas grandes sensaciones acontecidas en algunos de sus rincones, intentando descubrir lo que el ojo acostumbrado no ve, cuando uno se toma el subte tan seguido, tan de memoria.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
EL Subte inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913, en dos años cumple 100.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fé, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
¡Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, ¿viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría, se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo, y así entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
Los disfruto, y disfruto pensar que así de relajados, y de ajenos, somos nosotros cuando estamos afuera. Que ganas de estarlo.
¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
¡No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.
Se miran. Ella carga una historia, un pasado concreto e íntimo. ÉL, otra.
No se parecen en lo que fueron, puede que sí, en lo que serán.
Ambos esperan el subte. Cuatro minutos transcurren entre uno y otro.
Cuatro minutos que lo pueden cambiar todo.
Qué lindo sos – piensa ella, percatándose de su presencia en el andén.
El tamaño de tu cuerpo iría bien con el mío- concluye pensativa.
Él la mira, se da cuenta de que ella lo observa.
Qué linda sos, podríamos llevarnos bien- piensa el varón.
¡Ay!, me miraste, ¿nos gustaremos?- se entusiasma la mujer.
No puedo parar de mirarte- se le ocurre a él
Decime algo, invítame a salir, animate- Ella.
¡Cómo te invitaría a salir!, si no fuera porque no estoy solo, dejaría todo por probar esa boca, ese flequillo que esconde tus ojos, que linda sos, perdóname- piensa él triste, mientras la contempla.
Nuestro amor no puede ser.
Llega el subte.
Él se lo toma, ella no.
Adiós amor mío- exclama él con el pensamiento mientras apoya su palma sobre el vidrio y le regala una mirada desconsolada.
Adiós - responde ella con un puchero irremediable y un cielo oscuro en los ojos.
Una conexión, un subte, ni una sola palabra.
Como decía, en 1913 se inaugura este medio de transporte, siendo el primero en todo el hemisferio sur. Su primer objetivo fue acortar el tiempo de viaje entre la Casa Rosada y el Congreso, cuando éste se emplazó en su lugar actual. La primera línea estaba constituida por lo que hoy forma parte del tramo de la Línea A. Luego se inauguró la Línea B, en 1930, y en 1933 se comenzó la construcción de las restantes.
¿Tendremos algo en común, todos los que tomamos el subte?
Un sudafricano de unos 28 años, una señora arrugada de mirada triste y seis décadas encima, un escolar de unos 15, una parejita encendida, un rubio turista , una familia, a mi juicio , norteña, y yo. ¿Qué tenemos en común? Sólo el vagón, supongo.
El subte, al comienzo, funcionaba hasta después de la 1 de la mañana, pero cuando el servicio fue privatizado, en el 94, la concesionaria Metrovías redujo el horario, aduciendo que necesitaba tener la red cerrada durante más tiempo para realizar obras de modernización. El horario nunca se extendió. En la actualidad, sus líneas cierran entre las 23 y 24 horas.
De noche es cuando las cosas más increíbles y fuertes suceden. Son las 22. Me encuentro debajo de la terminal de trenes de Retiro. Claro, aquí comienza la Línea C, de Retiro a Constitución en un periquete. Desciendo por la escalera mecánica, tantas veces hice esto, tan temprano, con una manga de apuntes en el brazo, llorando porque no llegaba a leerlos a todos, y pensar, que bueno que todavía me queda el subte para leer, y volver a pensar, y concluir , da igual, tardo un poco más de 8 minutos, no leo ni el título.
Hay de todo aquí abajo, desde una cafetería, hasta negocios de ropa interior, pasando por el puesto gigante de diarios y revistas, las ventanillas para comprar los boletos, la oficina para recargar la tarjeta Monedero, la salita de cámaras de vigilancia, el quiosco grande, la gente, cuanta gente, y cuan diferente. Eso, creo, es lo mejor que tiene el subte, la heterogeneidad.
Camino despacio, con los auriculares. Tener los auriculares puestos me hace derivar todo mi potencial al otro sentido. Cuando los tengo puestos observo en demasía, si me los saco, escucho por demás.
Me choco con una pequeña, muy humilde, descalza. A unos metros visualizo a la mamá, roncando, tirada en un rincón, sobre unos diarios. Para mi horror, descubro que la enana juega con una rata muerta, y me pregunta, acercándomela hasta la panza, hasta donde ella llega, si sé decirle si es machito o hembra. Una ratita. Intento disimular mi cara de asco, disculpen, pero si, asco, y la convenzo de que la suelte, vaya a saber uno que se puede contagiar. Dios, qué decir.
El subte cuenta actualmente con 6 líneas, de la A a la E, y la H, todas, distinguidas por sus respectivos colores. Celeste, rojo, azul, verde, amarillo. La suma de esta red de líneas, compone 52, 3 km de vía. Si compusieran solo una línea recta, nos llevarían hasta las afueras de Buenos Aires, que genial sería irse hasta Rosario en Subte, en un par de horas.
La combinación entre líneas, comenzó sólo después de la creación de la D, las mismas son gratuitas.
Recargo mi tarjeta Monedero, en la ventanilla de pasajes.
Después de una larga cola:
Buen día, ¿me cargas $20 por favor?
Comencé a tomar el subte hace relativamente poco, antes de cursar en Consti, lo había tomado máximo 6 veces en mi vida. Vivo en provincia, el tren es lo mío, no soy fanática del centro, ahí está la clave.
Siempre tuve la tarjeta Monedero. Me pregunto cómo habrán sido los cospeles. “Un viaje en subte” y “Subterráneos de Buenos Aires” se leía en sus respectivas caras. Los mismos fueron moneda corriente hasta el 2000, hasta hace poquito, que chica soy.
El subte porteño se caracteriza por la presencia de murales que adornan sus estaciones. Los mismos fueron considerados como parte del patrimonio cultural de la ciudad de Buenos Aires.
Quedé en encontrarme con un amigo en la puerta de la facultad. Lo bueno de esta crónica en particular, es que crece cada vez que me tomo el subte, acción que, haga o no el trabajo, realizo.
Me bajo en la estación Independecia, y presto atención al mural. El cartel dice que esta línea es conocida como la línea de los españoles, y que sus murales hacen alusión a los distintos paisajes de España. Bonitos.
Si viajo por la línea A, encuentro azulejos blancos, decorados con colores, que recubren sus estaciones, y que fueron instalados para facilitar el reconocimiento a los pasajeros analfabetos. Si lo hago por la B, me encuentro con murales heterogéneos, de diversos artistas, recibidos a partir de 1991. Algunas de sus estaciones los poseen, otras están totalmente pintadas de gris. Por ejemplo, en la estación Florida hay un mural sobre la historieta Patoruzú. En Uruguay, hay un mural que recuerda al Eternauta. La estación Carlos Gardel, posee, por supuesto, murales que recuerdan al cantante de tango, quien vivía en las proximidades, por eso el nombre. La estación D es interesante, pues en sus andenes enfrentados, representa, mediante murales, una misma realidad, en un siglo y en otro. Son escenas referentes a mismos paisajes y lugares, pero uno, por ejemplo, la representa a principios del siglo XIX, y otra a principios del XX.
También leo, en la línea B, que ahí se hicieron hallazgos paleontológicos , y de pronto me imagino a un mamut tomándose el subte. Los mismos se hicieron en los años 30, cuando se realizaban las excavaciones para construir la línea. Los restos son expuestos en la estación Tronador.
Que increíble viajar en un subterráneo, que no tarda más de cuatro minutos entre estaciones, tan cargado de tecnología y eficacia, e imaginarme en el mismo espacio un mamut, o más cercano, un indio. Como cambian las cosas, como cambiamos.
Son las 9 de la mañana. En la calle hace 5° de temperatura, llueve, como si no quiesiera.Acá abajo 15°. Qué manera de pasar calor. Ahora en invierno, no me quejo tanto, es el momento en que me saco cuatro de las siete camperas que llevo puestas, y disfruto de no titiritar tanto, hasta que me toque salir y subir, y volver a emponcharme, pero en verano, el cuerpo se vuelve de plastilina.
Hay días en que el subte me pone de un profundo y molesto mal humor. No me suele pasar, no lo utilizo hasta el derroche, pero hay momentos en que la gente, supongo yo, me pone de mal humor. Me pongo en sus lugares y por momentos pienso, y claro, pobres, viven a las corridas, para llegar a un trabajo que no les gusta, para después cenar solos, o acompañados de alguien que ya no los entiende, o ya no los quiere entender, lo cual es peor. Pero de pronto pienso, bueno basta de ponernos todos en el lugar de los otros, ocupemos el nuestro y punto. Y ahí es cuando una mueca de mal humor me roba la cara y hace con ella lo que quiere, ante un gesto mal educado o impulsivo, en el que olvidamos al prójimo y lo pasamos por arriba.
O la increíble situación de ver que compartimos vagón, y sólo eso, cada uno inmerso en su aparato de música, me incluyo, o en su celular, gritando a los cuatro vientos, para que nadie piense que no son indispensables. Me excluyo.
Y nos veo siempre acompañados, de la tele en casa, del celular en la calle o el subte, de la radio, y de pronto añoro un silencio mortal y solitario , en que todos seamos obligados a confrontarnos y ver qué pasa con eso.
Pienso de vez en cuando, hacia donde va esta crónica, me distraigo observando lo que ocurre a mi alrededor, las pequeñas grandes cosas que ocurren, las realidades que nos muestran, y nosotros las pasamos de costado, cual vidrieras, sin querer mirar, de reojo, sin culpa. Supongo que iré entendiendo como armarla: que es lo que tengo que contar, lo que no, que va primero, que, después, que sobra y que no puede faltar.
martes, 12 de julio de 2011
Proyecto Narrativo
Van algunas ideas, chiquitas, desordenadas, inconclusas,se darán cuenta por lo menos de que piensa tratarse el proyecto.
Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ängel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad. El hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita. Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el andén.
El subte.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
Transporte subterráneo, semejante al tren, inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fé, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría, se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo, y así entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.
martes, 5 de julio de 2011
Proyecto narrativo
Una crónica de viajes es lo que más me gustaría hacer. Me dan muchas ganas de viajar con un anotador en la mano, con una canasto de preguntas, e ir regalando un par a medida que cambio de estación. Al principio se me ocurrió hacer una crónica en el norte del país, antes de este proyecto, mi idea era viajar para allá en estas vacaciones. Mi mejor amiga se fue a vivir a Cafayate, mi idea era visitarla, y tener más que una excusa amistosa, para ir. Pero ese viaje se pinchó, una serie de factores hicieron que lo tachara de mi agenda.
Después se me ocurrió hacer una crónica urbana, y no necesitar irme tan lejos para que las ideas comiencen a brotar. Se me ocurrió elegir un barrio y recorrerlo a fondo, lograr un buen proyecto narrativo, y expandir mis áreas de conocimiento geográfico. Es en lo que ando ahora, intentando ver que encuentro y si lo que encuentro me interesa.
Estoy leyendo mucho Caparrós, me encantaron las crónicas leídas en el taller, y antes de que Claudia las recomendara, El Interior ya estaba en mi mochila.
Me tomo mi tiempo.
martes, 31 de mayo de 2011
Experiencimetraje
La siguiente historia deriva de experiencias personales, verídicas y ocurridas en nuestra realidad tangible y compartida, hace menos de un mes. Todo lo que en ella sea relatado ha sucedido. No debe ser leída con ninguna de las variedades de desconfianza y cualquier ápice de locura que en ella se encuentre es totalmente lógico de acuerdo al desenlace de las acciones.
Diez minutos se rebelaban para llegar a las ocho, cuando arribé sin ningún problema al centro cultural Carlos Gardel. Lo que me había impulsado eran las ganas de ver una proyección de cine. Debía hacer un trabajo y lo único a lo que podía acudir era esta proyección. Supuse que habría algo de gente, por ahí algo de comer, y de seguro, pero seguro, una película. Mis suposiciones fueron derribadas cual torre de papel por la inquietante realidad. El centro yacía vacío, mi estómago debería esperar y la proyección todavía no estaba preparada. Bueno, tomemos aire- me dije, y decidí salir a comprar algo a la parrilla de la esquina, esperando volver y encontrar un panorama distinto. Con el estómago contento la experiencia tomaría otro rumbo- pensé, jamás supuse cual sería éste.
Al entrar en la parrilla lo primero que se agudizó fue mi olfato, un olor fuerte y penetrante me noqueó e hizo que titubeara al preguntar que había de comer. La señora no entendió mi pregunta. No pude comprender como ella no me había entendido. ¿Qué se supone, debo preguntar en un lugar de comidas? jamás hallaría la respuesta. El hombre a su lado desmembraba un pollo con tal brutalidad, los ojos, clavados en el difunto ave se agudizaban y la boca se relamía de placer, visualizando una futura comida. Lo único certero es que cualquier comida que comprara, no contendría pollo.
Huí de la parrilla, con mi tarta de queso y tomate bajo el brazo y una cervecita, intentando mejorar a toda costa el rumbo que a mi noche se le antojaba tomar.
De regreso al centro, la buena señora de la recepción me instó a subir a la sala de proyecciones, argumentando que ya me habían preparado la sala. ¿Ya me habían preparado la sala? ¿Cómo? ¿Sería yo la única? de pronto algunas cosas se tornaron claras. Hasta el momento no había prestado la debida atención, pero el centro se hallaba inmerso en un silencio mortal, luego del olor putrefacto de la parrilla, y este silencio, algo dentro mío comenzó a incomodarse. A mi alrededor, el único movimiento visible era el dedo índice de la buena señora, moviendo el puntero del mouse. Imagínese usted lector: el centro oscuro, silencioso, casi dormido, casi muerto. La noche que avanza, mis ganas que retroceden, y una señora, una sola señora tranquila. Tranquilidad impaciente, sonrisa retorcida, palabras confusas. La buena señora.
Me dirigí a la sala de proyecciones, sin dejar de prestarle atención a la ubicación. Era la última sala del centro, la más alejada de la salida. Este detalle no pasó desapercibido.
Una vez en la sala, la cosa se volvió de a poquito y gradualmente, cada vez más impredecible. La película en cuestión se llamaba “El verdugo”. Película española de humor negro de los años ´60, narra la historia de un enterrador, un verdugo claro, y la hija del segundo.
No pude evitar notar que la temática de la muerte continuaba repitiéndose. En estas instancias se me hacia complicado saber si era un poco exagerada o si realmente la situación lo ameritaba.
La película empezó, tranquila, antigua, se remitió a acontecer y desvanecerse a cada segundo. Uno más que acontecía, uno menos me faltaba para irme. A la media hora de comenzado el largometraje, apareció en la sala la buena señora. Por todos los dioses que inventamos, que manera extraña de comportarse.
El comportamiento de la misma se asemejaba al del centro, a menor escala. Los dos, tranquilos pero cordiales, se mantenían en silencio, limitándose a sonreír y murmurar un “bienvenido” poco creíble, bastante turbio, demasiado sospechoso.
Yo seguí viendo la película como si nada ocurriese. De pronto, inesperadamente, la buena señora comenzó a cambiarse de ropa. Sí, así como les digo, en el fondo de la pequeña sala la señora comenzó a vestirse con prendas antiguas, blanquinegras, gastadas y un poco ridículas. Se asemejaba a la ropa de los ´50 supuse, y no pude evitar notar que era el mismo estilo de ropa que el de la película. La buena señora dejó sus pertenencias a un costadito del proyector y ahí se quedó, parecía esperando.
Intentaré contar lo que pasó a continuación, procurando ser lo más objetiva posible, sabiendo que no es normal, pero segurísima de que ocurrió.
En un momento determinado de la película de pronto y de la nada, la buena señora se preparó como si fuera a arrojarse de cabeza en una pileta, y apuntó hacia el proyector. Está loca !- Pensé.
Y de pronto, lo más increíble. En la película, en la habitación donde acontecía la escena, al lado del José Luis, el enterrador, y Amadeo, el verdugo, la buena señora. Sí, así como les digo, la buena señora se encontraba dentro de la película. No!, Ella no está loca, soy yo!.
Corrí a llamar a alguien, pero como siempre, el centro, vacío. Volví a las apuradas a la salita, esperando haber alucinado y encontrarme con un panorama normal, pero no, la buena señora hablaba con José Luis, y planeaba su casamiento. La buena señora era Carmen, la hija de Amadeo.
Conteniendo la respiración, de a poco, fui introduciéndome en la película de nuevo, me encontré al ratito, sentada en mi antigua silla, disfrutando de la trama, y aplaudiendo a la buena señora, que sospecho, de vez en cuando me dedicaba una guiñadita.
Terminé de ver la peli, asimilando la situación, supuse que alguna de las dos estaba loca pero no me inquieté en descifrar cual. La experiencia había estado fenomenal, pero los párpados se me caían. Demasiadas sensaciones juntas, serían analizadas en otro momento, si es que lo eran. Las dejaría ser, si, no sé bien cómo es que ocurrió, no me importa.
Comenzaron los créditos, agarré mis cosas y encaré para el baño. Abriendo la puerta de salida, miré de reojo para la mesa de la derecha, la de la recepción. La buena señora se encontraba ahí, como siempre, con el dedo en el mouse, llenando quien sabe qué.
No pude evitar notar el rojo en sus labios, juré que no lo tenía y me pregunté cuán ficticio o real había sido lo sucedido allá arriba, antes de llegar a una conclusión, un guiño de la buena señora la interrumpió.
Le sonreí, me sonrió y me fui. Sin mirar atrás, sin preguntarme cómo, pero jurando volver.
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