domingo, 7 de agosto de 2011

Proyecto narrativo. Crónica subterránea.

Boceto 2

Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ángel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco  segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad, el hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita.  Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el vagón.
El subte.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
EL Subte  inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913, en dos años cumple 100.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fe, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
¡Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, ¿viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría,  se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de  observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo,  y así  entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
Los disfruto, y disfruto pensar que así de relajados, y de ajenos, somos nosotros cuando estamos afuera. Que ganas de estarlo.

¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
¡No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.

Se miran. Ella carga una historia, un pasado concreto e íntimo. ÉL, otra.
No se parecen en lo que fueron, puede que sí, en lo que serán.
Ambos esperan el subte. Cuatro minutos transcurren entre uno y otro.
Cuatro minutos que lo pueden cambiar todo.
Qué lindo sos – piensa ella, percatándose de su presencia en el andén.
El tamaño de tu cuerpo iría bien con el mío- concluye pensativa.
Él la mira, se da cuenta de que ella lo observa.
Qué linda sos, podríamos llevarnos bien- piensa el varón.
¡Ay!, me miraste, ¿nos gustaremos?- se entusiasma la mujer.
No puedo parar de mirarte- se le ocurre a él
Decime algo, invítame a salir, animate- Ella.
¡Cómo te invitaría a salir!, si no fuera porque no estoy solo, dejaría todo por probar esa boca, ese flequillo que esconde tus ojos, que linda sos, perdóname-  piensa él triste,  mientras la contempla.
Nuestro amor no puede ser.
Llega el subte.
Él se lo toma, ella no.
Adiós amor mío- exclama él con el pensamiento mientras apoya su palma sobre el vidrio y le regala una mirada desconsolada.
Adiós - responde ella con un puchero irremediable y un cielo oscuro en los ojos.
Una conexión, un subte, ni una palabra.
Como decía, en 1913 se inaugura este medio de transporte, siendo el primero en todo el hemisferio sur. Su primer objetivo fue acortar el tiempo de viaje entre la Casa Rosada y el Congreso, cuando éste se emplazó en su lugar actual. La primera línea estaba constituida por lo que hoy forma parte del tramo de la Línea A. Luego se inauguró la Línea B, en 1930, y en 1933 se comenzó la construcción de las restantes.

¿Tendremos algo en común, todos los que tomamos el subte?
Un sudafricano de unos 28 años, una señora arrugada de mirada triste  y seis décadas encima, un escolar de unos 15, una parejita encendida, un rubio turista , una familia, a mi juicio , norteña, y yo. ¿Qué tenemos en común? Sólo el vagón, supongo.
 El subte, al comienzo,  funcionaba hasta después de la 1 de la mañana, pero cuando el servicio fue privatizado, en el 94, la concesionaria Metrovías  redujo el horario, aduciendo que necesitaba tener la red cerrada durante más tiempo para realizar obras de modernización. El horario nunca se extendió. En la actualidad, sus líneas cierran entre las 23 y 24 horas.
De noche es cuando las cosas más increíbles y fuertes suceden. Son las 22. Me encuentro debajo de la terminal de trenes de Retiro. Claro, aquí comienza la Línea C, de Retiro a Constitución en un periquete. Desciendo por la escalera mecánica, tantas veces hice esto, tan temprano, con una manga de apuntes en el brazo, llorando porque no llegaba a leerlos a todos, y pensar, que bueno que todavía me queda el subte para leer, y volver a pensar, y concluir: da igual, tardo un poco más de 8 minutos, no leo ni el título.
Hay de todo aquí abajo, desde una cafetería, hasta negocios de ropa interior, pasando por el puesto gigante de diarios y revistas, las ventanillas para comprar los boletos, la oficina para recargar la tarjeta Monedero, la salita de cámaras de vigilancia, el quiosco grande, la gente, cuanta gente, y cuan diferente. Eso, creo, es lo mejor que tiene el subte, la heterogeneidad.
Camino despacio, con los auriculares. Tener los auriculares puestos me hace derivar todo mi potencial al otro sentido. Cuando los tengo puestos observo en demasía, si me los saco, escucho por demás.
Me choco con una pequeña, muy humilde, descalza. A unos metros visualizo a la mamá, roncando, tirada en un rincón, sobre unos diarios. Para mi horror, descubro que la enana juega con una rata muerta, y me pregunta, acercándomela hasta la panza, hasta donde ella llega, si sé decirle si es machito o hembra. Una ratita. Intento disimular mi cara de asco, disculpen, pero si, asco, y la convenzo de que la suelte, vaya a saber uno que se puede contagiar.
Dios, si existieras , te pediría algunas cosas.
El subte cuenta actualmente con 6 líneas, de la A a la E, y la H, todas, distinguidas por sus respectivos colores. Celeste, rojo, azul, verde, violeta y amarillo. La suma de esta red de líneas, compone 52, 3 km de vía. Si compusieran solo una línea recta, nos llevarían hasta las afueras de Buenos Aires, que genial sería irse hasta Rosario en Subte, en un par de horas.
La combinación entre líneas, comenzó sólo después de la creación de la D, las mismas son gratuitas.
Recargo mi tarjeta Monedero, en la ventanilla de pasajes.
Después de una larga cola:
Buen día, ¿me cargas $20 por favor?
Comencé a tomar el subte hace relativamente poco, antes de cursar en Consti, lo había tomado máximo 6  veces en mi vida. Vivo en provincia, el tren es lo mío, no soy fanática del centro, ahí está la clave.
Siempre tuve la tarjeta Monedero. Me pregunto cómo habrán sido los cospeles. “Un viaje en subte” y “Subterráneos de Buenos Aires” se leía en sus respectivas caras. Los mismos fueron moneda corriente hasta el 2000, hasta hace poquito, que chica soy.
El subte porteño se caracteriza por la presencia de murales que adornan sus estaciones. Los mismos fueron considerados como parte del patrimonio cultural de la ciudad de Buenos Aires.
Quedé en encontrarme con un amigo en la puerta de la facultad. Lo bueno de esta crónica en particular, es que crece cada vez que me tomo el subte.
Me bajo en la estación Independencia, y presto atención al mural. El cartel dice que esta línea es conocida como la línea de los españoles, y que sus murales hacen alusión a los distintos paisajes de España. Bonitos.
Si viajo por la línea A, encuentro azulejos blancos, decorados con colores,  que recubren sus estaciones, y que fueron instalados para facilitar el reconocimiento a los pasajeros analfabetos. Si lo hago por la B, me encuentro con murales heterogéneos, de diversos artistas, recibidos a partir de 1991. Algunas de sus estaciones los poseen, otras están totalmente pintadas de gris. Por ejemplo, en la estación Florida hay un mural sobre la historieta Patoruzú. En Uruguay, hay un mural que recuerda al Eternauta. La estación Carlos Gardel, posee, por supuesto,  murales que recuerdan al cantante de tango, quien vivía en las proximidades, por eso el nombre. La estación D es interesante, pues en sus andenes enfrentados, representa, mediante murales, una misma realidad, en un siglo y en otro. Son escenas referentes a mismos paisajes y lugares, pero uno, por ejemplo, la representa a principios del siglo XIX, y otra a principios del XX.
También leo, en la línea B, que ahí se hicieron hallazgos paleontológicos, y de pronto me imagino a un mamut tomándose el subte.  Los mismos se hicieron en los años 30, cuando se realizaban las excavaciones para construir la línea. Los restos son expuestos en la estación Tronador.
Que increíble viajar en un subterráneo, que no tarda más de cuatro minutos entre estaciones, tan cargado de tecnología y eficacia, e imaginarme en el mismo espacio un mamut, o más cercano, un indio. Como cambian las cosas, como cambiamos.
Son las 9 de la mañana. En la calle hace 5° de temperatura, llueve, como si no quisiera. Acá abajo 15°. Qué manera de pasar calor. Ahora en invierno, no me quejo tanto, es el momento en que me saco cuatro de las siete camperas que llevo puestas, y disfruto de no titiritar tanto, hasta que me toque salir y subir, y volver a emponcharme, pero en verano, el cuerpo se vuelve de plastilina.
 Hay días en que el subte me pone de un profundo y molesto mal humor. No me suele pasar, no lo utilizo hasta el derroche, pero hay momentos en que la gente, supongo yo, me pone de mal humor. Me pongo en sus lugares y por momentos pienso, y claro, pobres, viven a las corridas, para llegar a un trabajo que no les gusta, para después cenar solos, o acompañados de alguien que ya no los entiende, o ya no los quiere entender, lo cual es peor. Pero de pronto pienso, bueno basta de ponernos todos en el lugar de los otros, ocupemos el nuestro y punto. Y ahí es cuando una mueca de mal humor me roba la cara y hace con ella lo que quiere, ante un gesto mal educado o impulsivo, en el que olvidamos al prójimo  y lo pasamos por arriba.
O la increíble situación de ver que compartimos vagón, y sólo eso, cada uno inmerso en su aparato de música, me incluyo, o en su celular, gritando a los cuatro vientos, para que nadie piense que no son indispensables. Me excluyo.
Y nos veo siempre acompañados, de la tele en casa, del celular en la calle o el subte, de la radio, y de pronto añoro un silencio mortal y solitario , en que todos seamos obligados a confrontarnos y ver qué pasa con eso.
Pienso de vez en cuando, hacia donde va esta crónica, me distraigo observando lo que ocurre a mi alrededor, las pequeñas grandes cosas que ocurren, las realidades que nos muestran, y nosotros las pasamos de costado, cual vidrieras, sin querer mirar, de reojo, sin culpa. Supongo que iré entendiendo como armarla: que es lo que tengo que contar, lo que no, que va primero, que, después, que sobra y que no puede faltar.
Me propongo una última travesía por la línea C, ya familiar, ya querida.
Diagonal Norte es la estación más concurrida. En la misma se hacen combinación con la línea B y D.  Esto quiere decir que cada acción que elijamos llevar a cabo nos costara el doble. Cualquier escalera, andén o máquina chorrea gente.
Y me malhumora tanto la gente. Lamento , con el tiempo, darme cuenta. Lamento ceder cada vez menos.
Estoy arriba del subte, llego a esta estación, quiero bajar. Cuando las puertas se abren, una jauría de perros salvajes se abalanza para entrar, impidiendo que yo y los restantes humanos civilizados salgamos.  Okey, no me excluyo de la jauría. ¿Por qué nos movemos de esta manera? En el Interior creo no pasa.  ¿Cómo piensan  caber en el vagón si éste no desagota primero?
Me encuentro contra una pared escribiendo algunas notas. EL cuaderno, varias biromes a la vista, los lentes y los auriculares. Sé que algunas personas me observan y se preguntan, supongo, que es lo que escribo. De pronto me entristece que escribir no sea algo más común.
Subo de nuevo. Me encuentro en el vagón repleto de gente. Observo a los que me rodean. De pronto me encuentro imaginando de qué trabajará cada uno, si tendrán hijos, si serán o no interesantes o buenos en la intimidad. Y me recorre el cuerpo el placer de prejuzgar y saber que seguro me esté equivocando.
Bajo en Mariano Moreno. La gente baja del subte y sube las escaleras. Me quedo abajo, sola. Me asusto. Veo un chico a lo lejos y espero lo peor, o lo imagino. El chico se me acerca, y antes de que una mueca de miedo me invada, me regala el diario.
Toma, ya lo leí-dice.
De nuevo,  lindo el placer de equivocarse.
Hace un tiempo, vi por internet unos videos llamados Combinaciones. Los había producido La Nación Digital y trataban sobre historias sucedidas en un viaje en subte.
Conversaciones Ajenas narraba la conversación entre dos amigas, donde una primera la contaba a la segunda que había empezado a salir con un hombre: increíble y casado.  Una tercera señora, sin querer queriendo escuchaba la conversación y la cara comenzaba a transformársele cuando descubría que el hombre en cuestión era su marido. Ella era la cornuda, la que estaba convidando un poco de su hombre a la ridícula sentada en frente.
Terribles coincidencias, tan habituales y catastróficas. Que ganas de presenciar una.
Esa gente que viaja con la música puesta, sin auriculares, a todo volumen.
Gracias, ¿cómo sabías que estoy agotada, me retumban los oídos, mi cabeza no da más, tengo hambre y problemas para tirar al techo, pero me moría por escuchar tu cumbia a todo lo que da?
Sigo en la misma línea. Estación Lavalle, entre Gral. San Martín y Diagonal Norte.
A ver Lavalle, que tal sos, que tan bulliciosa o impredecible. Un bombón me mira, no puedo pensar.
Sigamos. Tenés pinta de estación tranquila. Te doy cuatro minutos para que me muestres algo. Apurate. Un minuto. Cuarenta personas me rodean. Llega el subte. Te doy otra oportunidad, lo dejo pasar, que compasiva.
Un minuto tarda en llegar el otro subte. En serio, un minuto, me sorprende. No tanto Lavalle. Adiós, adiós. Me subo
Pertenezco al mundo de los que no escuchamos lo que sucede alrededor. Es lindo pensar que musicalizo el trayecto, que entiendo otra cosa de él. No lo es tanto darme cuenta que no soy la única, que la mayoría se crea un mundo, que cada vez menos compartimos el mismo.
Una cree ser la excepción, luego se da cuenta que  es pura regla.
18:00 hrs.  Todavía no es hora pico, o está empezando.
Qué manera de tocarnos en el subte. Lugar obsceno pero permitido. ¿Qué vas a hacer, si son las siete de la tarde, todo el mundo decide terminar su horario laboral al mismo tiempo, y como si esto fuera poco optan todos por el mismo transporte? Terminamos así, totalmente apretados, en las situaciones más incómodas, y como dije, permitidas.
Un chico juega con su blackberry, y estamos tan apretados que el aparato se encuentra a 2 cm de mi nariz.
¿Te ayudo a jugar?- le pregunto y me rio, se ríe.
Me gusta poder hacer este trabajo, tener el tiempo para. En lo que va de mi tarde llegué de terminal a terminal unas cinco veces. Retiro- Constitución, viceversa, muchas viceversas.
Me doy el lujo de ir y volver, y pasar por las estaciones que quiera cuantas veces quiera, y dejar pasar dos subtes si me faltó poner una coma en mis escritos. Sin brújula, sin tiempo, sin agenda, me doy el lujo de olvidarme , incluso , para que lado estoy yendo.
Me siento pasiva y observadora, como quien parte para la selva, pero la observa desde el camioncito, observando el comportamiento de los peligrosos animales. ¿Me sentía afortunada? Ya no. Quiero ser un animal. Compro el paquete, incluso la rutina.
Tercera y última chance para Lavalle. Me quito, inclusive, los auriculares. Le presto todos mis sentidos, a ver que muestra.
Gracioso, toda persona alrededor es hombre. Digo: no mujer, y hay muchos. Sólo un detalle.
Dos minutos, viene el subte. No quiero esperarte más. Fuiste Lavalle.
Baje de día, subo de noche, nunca me percaté. La magia subterránea. Me cansé por hoy
A la superficie por favor.


2 comentarios:

  1. Me gusta mucho, mucho, me atrapa (a mí, que me la paso viajando en subte). Felicitaciones, María!

    Saludos,

    Emilia

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  2. Hola maría! cómo verás, tuve más suerte que vos pudiendo comentar en el blog. Me gustó mucho lo de no irse lejos cuando se puede escribir, conocer, comentar y descubrir de algo tan cotidiano. Reenvíen la manera caparrosiana de encararlo, creo que te funcionó muy bien, besos!

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