Una crónica de viajes es lo que más me gustaría hacer. Me fascina viajar, necesito escribir. Me quiero ir, no importa la distancia, solo estarme yendo.
Al principio se me ocurrió hacer una crónica en el norte del país, antes de este proyecto, mi idea era viajar para allá en estas vacaciones. Mi mejor amiga se fue a vivir a Cafayate, mi idea era visitarla, y tener más que una excusa amistosa para ir. Pero ese viaje se pinchó, una serie de factores hicieron que lo tachara de mi agenda.
Después se me ocurrió hacer una crónica urbana, y mirar lo que veo todos los días . Se me ocurrió elegir un barrio y recorrerlo a fondo, lograr un buen proyecto narrativo, y expandir mis áreas de conocimiento geográfico. Es en lo que ando ahora, intentando ver que encuentro y si lo que encuentro me interesa.
Estoy leyendo mucho Caparrós, me encantaron las crónicas leídas en el taller. El Interior ya está en mi mochila.
Me tomo mi tiempo.
Los días pasan, las vacaciones se acomodan, yo dejo de hacer muchas cosas, empiezo algunas otras, y leo.
No se me ocurren muchas cosas para el proyecto, entonces leo. No me quiero sentar a escribir y forzarlo, no voy a ponerme a inventar o a rogarle a las palabras que se afilen como corresponde, entonces, prefiero leer, confiando en que eso colabore.
Leo El Interior, de Caparrós. Recorre tantos lugares, lo inundan tantas historias, que voy por el final, leyendo situaciones acontecidas en el Norte, y no puedo creer que sea el mismo libro que hace poco me contó tanto sobre el Este. ¿Te acordás cuando te leí en Misiones? le digo a Martín, cuánto viajamos, cuánto crecimos. Se me hace lejana la anécdota, lejano el lugar, lejano el tiempo. De pronto uno se encuentra en la casita de adobe bien perdido en Tucumán, para hallarse luego, en un prostíbulo rosarino, o una bodega mendocina .
Ruta, erre, bigotes, Ironía, crudeza, lapiceras.
No puedo parar, sucede con pocos libros, por no decir poquísimos. Hay algunos que te manipulan, te endulzan y atrapan, pero este en especial, lleva el control. Y me tiro de cabeza, y me paso horas leyéndolo.
La crónica va a ser subterránea.
Si pienso en las cosas de taller I que valoro, haber conocido, o ahondado en este autor, es una de ellas.
No piensen que de pronto me enamoré y he perdido todo valor de juicio, no es que cualquier cosa que Caparrós me cuente me parecerá la más inteligente o más interesante, exceptuando algunas..Lo que me paso a mi va por otro camino. Sin darme cuenta, me brindó el formato que más cómoda, hasta el momento, me hace sentir a la hora de escribir. De pronto me encontré leyéndolo y leyéndome. Y al instante comenzó una cadena de revelaciones, y descubrí que no sólo me brindaba un formato que me gustaba, sino que me identificaba, o mejor dicho identificaba su vida, con la vida que en algún momento comencé a añorar para mí.
Viajo en subte seguido, intento recopilar datos, situaciones, encantos. Me felicito por decidir viajar en subte, e irme a propósito a capital, estando de vacaciones. Y me acuerdo cual es mi trabajo, y pienso: menos mal que estudio esto, que placer.
Pero estoy holgazana, las anotaciones van acumulándose al costado de mi cama, de a poco salen raíces. No me preocupa, por ahora, la cabeza me va trabajando.
Es curioso que el formato que pienso implementar en mi proyecto, es decir, en la crónica, sea el mismo que utilizo para escribir su proceso.
En El Interior, Caparrós su sube al erre, y recorre el Interior del país, en realidad , del centro para arriba, comenzando por el este, y terminando por el oeste, para luego volver al centro y regresar, por último, a Buenos Aires. Como objetivo de viaje, Martín busca descubrir que es lo que, a todas las provincias, tan heterogéneas, y por momento, opuestas, nos une como país. Va ideando criterios que luego van siendo conquistados por otros que se imponen.
Hay criterios para todos los gustos.
Caparrós trabaja para el Fondo de Población de Naciones Unidas. Es por eso que viaja una vez por año, a nueve o diez países, y relata distintas historias, muchas sobre inmigrantes. Que mejor que hacer eso para ganarse la vida.
Una luna es un encargo de Naciones Unidas para contar la vida de jóvenes migrantes del Tercer Mundo. De Kishinau a Monrovia, de Barcelona a Johannesburgo y Ámsterdam, Lusaka, Madrid, pasando por Pittsburgh y París.
Natalia, una campesina moldava vendida por su marido a una red de prostitución extranjera; Richard, un pequeño exilidado de las guerras civiles de Liberia, testigo de masacres, desapariciones, y de cómo se comen a su abuela. Una joven violada, un niño soldado.Edna, ceropositiva en Zambia, esposa, madre, hermana de ceropositivos."Anoche cené faie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en estos saltos que me atrae más que nada".
Vamos de viaje.
Leí Un día en la vida de Dios . Éste, a diferencia de los otros, es una novela. Narra la historia de La Bola, la encargada de crear el planeta, nuestro planeta. La intriga la sobrepasa, y comienza a espiar como es que los bichitos que habitan el planeta actúan. Es ahí cuando descubre que a lo largo de la historia, esos bichitos, nosotros, creamos dioses a los que responsabilizamos de la creación. Por celos, envidia e intriga, La Bola se va personificando en los distintos personajes de la historia, para conocer por que es que lo hacemos.
Ahora me encuentro leyendo Dios mío, una crónica de Caparros por la India, en busca de Sai Baba.
La crónica avanza, me entusiasmo en demasía y disfruto, una vez que arrancó lo más difícil queda atrás. Salgo de casa a las 2 pm , vuelvo a las 8 de la noche, me la pase toda la tarde yendo de acá para allá en el subte, línea C. A ver que sale de todas las porquerías que escribí.
“Viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”
Me gusta el tema que elegí; cuando no se qué escribir, me tomo el subte un par de horas, algo siempre aparece. Hay que aprender a mirar.
Confieso que a veces me aburro, y entonces me pongo a leer mi libro, auto-convenciéndome de que todo suma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario