lunes, 23 de mayo de 2011

"El Verdugo" en el Carlos Gardel.

Un día después de haberlo conocido, ya estaba en el Centro Cultural Carlos Gardel de nuevo. Claro, una le va tomando el gustito.
Llegué de noche, a las 19:50 precisamente, el centro, como de costumbre, vacío. Dudé que hubiera función pues realmente no había nadie dando vueltas, ni la señora de recepción.
Dos minutos antes de las 20, apareció la misma, preguntando que hacía yo por ahí. Le comenté que había leído en la programación que hoy miércoles se proyectaba una película, “El Verdugo” Claro me dijo, espera un segundo que te preparan la sala.
Para mi sorpresa en la sala la única persona era yo. Así como les digo, la película, las butacas, la sala y yo. Me compré una cervecita y una porción de tarta y con el primer mordisco la proyección comenzó.
El Verdugo, película española del año ´63, dirigida por Luis García Berlanga, narra la historia de José Luis, un enterrador empleado de una funeraria, el cual sueña con viajar a Alemania a perfeccionarse como mecánico. En el medio, conoce a Amadeo, verdugo toda su vida, y Carmen, la hija de Amadeo. Cuando un día, José Luis y Carmen son sorprendidos por Amadeo en la intimidad, éste los obliga a casarse. Amadeo, que está a punto de jubilarse, logra convencer a José Luis para que solicite la plaza que él va a dejar vacante, lo que le daría derecho a una vivienda. Presionado por la familia, José Luis acepta la propuesta de su suegro, convencido de que jamás ejercerá tan ignominioso oficio.
¿Qué decir? Confieso que la película comenzó de manera tediosa. Una respeta mucho el cine, más los largometrajes antiguos, sólo por eso, por antiguos. Cuanto más viejos son, menos recursos utilizan, y eso se valora. Pero a la hora de verla se hacía aburrida, el hecho de ser en blanco y negro, de tratarse de una cotidianeidad perteneciente a otra época y a otro lugar geográfico tampoco ayudan. Imagino que alguna persona, perteneciente a Madrid, y nacida en los ´20, se sentiría bastante identificada, y a la hora de verla, se moriría de risa, pues se trata de una comedia de humor negro gallega, pero no era mi caso.
A medida que los minutos pasaban, sin embargo,  me fui sumergiendo en el relato. Luego de un rato de proyección, un poco de frío, una botella vacía y un envoltorio de comida, ya quería saber qué es lo que sucedería cuando a José Luis le llegara el turno de ejercer por primera vez el oficio al que tanto respeto le tenía, y tanto asco.
Una vez finalizada la proyección, me dirigí a la entrada, le agradecí a la señora de la recepción, quién seguía en el mismo lugar donde la había dejado, haciendo lo mismo.
Esta visita, como las demás fue muy tranquila. Como he mencionado anteriormente, es un lugar realmente lindo, pero carente de movimiento, de gente.
Prefiero pensar que soy muy inoportuna, que justo caigo en el momento en que los payasos, los cantantes y las bailarinas están en un recreo, por los exhaustivos ensayos. Que los niños que reían a carcajadas minutos antes de que yo entre ya han partido para sus hogares. Que los vecinos han regresado a toda velocidad a sus cocinas para chequear que el agua de los ravioles no se rebalsara. Que a la de la recepción la encuentro siempre sentada en el mismo sitio, pero sólo porque está agotada de abrir la puerta a la cantidad de gente que entra al centro, la cual es tan pero tan ordenada que en ningún momento deja rastros de comida, de bebida, o de vida.

1 comentario:

  1. Hola María,

    Me gusta mucho, mucho el tono que construís en esta crónica, en sintonía con la anterior. Hay tópicos que se repiten: el lugar vacío, la señora de la mesa de entrada que, así y sin nombre, suena a personaje de Saramago y va empezando a ser una figura recurrente, en tanto único habitante de un espacio abandonado. Me gusta!

    Muy jugosa para trabajar esta situación de ser la única viendo la película. Creo que además supiste sacarle provecho!

    Saludos,

    Emilia

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