martes, 2 de agosto de 2011

Proyecto narrativo. Crónica subterránea.

Esto es lo que tengo, no se bien como encaminarlo, pero queria darles algo. No se si esta cumpliendo de pronto con las pautas, me parece haberme extendido, pero realmente esta siendo divertido.Lo que no tengo muy en claro es el objetivo. Ayuda

Mediodía. Me encuentro en la línea B del subte de capital. Ángel gallardo es la estación afortunada.
Un sujeto, perseverante, intenta traspasar la pared. La lógica no resuelve mi ecuación. Me pregunto qué pretende.
Lo llevo a la salida- le ofrezco.
Cinco  segundos tardo en darme cuenta de que el hombre es ciego, e indudablemente sordo.
La gente pasa a su lado, sin tender a mirar, están demasiado ocupados. Como siempre, algo más importante hace ignorarnos. Llamo al de seguridad. El hombre a mi no me responde. El de seguridad le grita.  Me arrepiento de haberlo llamado. Desisto y me alejo.
Cuatro minutos después veo al mismo hombre, ciego y sordo, vendiendo cremas de enjuague en el andén.
El subte.
Estos son algunos intentos de hacer una crónica, una crónica de la red de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires. Claro que la misma es enorme, mi intento contendrá algunas pequeñas grandes sensaciones acontecidas  en algunos de sus rincones, intentando descubrir lo que el ojo acostumbrado no ve, cuando uno se toma el subte tan seguido, tan de memoria.
Viajar en el subte, sin mucha gente, con mucha música, es uno de mis placeres insolentes. Apoyarme en un rincón y ver como la rutina se personifica, camina. Las caras de estrés abundan, mis ganas de viajar también.
EL Subte  inauguró su primera línea el 1 de Diciembre de 1913, en dos años cumple 100.
Camino por el largo y apagado pasillo de la línea C, repleta de estudiantes, pues la misma desemboca casi dentro de la Facultad de Cs. Sociales y la UADE. Propaganda política, publicidad de celulares, publicidad de plazos fijos, una pegadita a la otra.
¿Querés probar la nueva cerveza Quilmes sin alcohol?- me ofrece una promotora.
Y bueno, dale- contesto con poca fé, corroborando mi fuerte hipótesis: es igual, igual de fea.
Minutos después, mientras espero el subte, una chica distraída pasa y se tropieza con la pierna de una viejita sentada al lado mío.
¡Perdón!- dice la viejita.
La chica mira con cara de bronca y sigue su camino.
Es que ahora la juventud ni mira por dónde camina- le comenta la viejita a otra viejita sentada a su lado.
Si, ¿viste?, mi nieta habla en otro idioma con sus amigos, yo no entiendo nada, se la pasan diciéndose boludo de acá, boludo de allá- comenta la segunda viejita.
Extraña respuesta concluyo. Llega el subte, me quedo escribiendo, se paran las dos viejitas. La primera tropieza conmigo.
Abundan los vendedores ambulantes: libritos, figuritas, galletitas, linternitas, cucharitas, paletas atrapa mosquitos, encendedores, son algunas de las baratijas esperables.
Abundan también los mochileros, siempre con un mapa, investigando los ramales del subte. Y pienso: mientras toda esta muchedumbre de gente, la mayoría,  se toma el subte a la mañana, como primer parte engorrosa de su largo y tedioso día, otra gente, con mochila, se encuentra disfrutando de  observar toda esa rutina, como si flotara por encima del estrés y se riera del mismo,  y así  entonces, lo engorroso de nuestra rutina se torna hasta pintoresca para el extranjero.
Los disfruto, y disfruto pensar que así de relajados, y de ajenos, somos nosotros cuando estamos afuera. Que ganas de estarlo.

¿La ayudo a bajar?-le pregunto a una tercera viejita, abrazada a la baranda.
¡No!, gracias- contesta con una enorme y tétrica sonrisa.
Me hago cargo de los años, o ellos de mí , en fin, en un rato llego.
Me siento a esperar el subte, escribiendo dejo pasar dos. Cuando esta por arribar el tercero veo de lejos a la viejita llegando.

Se miran. Ella carga una historia, un pasado concreto e íntimo. ÉL, otra.
No se parecen en lo que fueron, puede que sí, en lo que serán.
Ambos esperan el subte. Cuatro minutos transcurren entre uno y otro.
Cuatro minutos que lo pueden cambiar todo.
Qué lindo sos – piensa ella, percatándose de su presencia en el andén.
El tamaño de tu cuerpo iría bien con el mío- concluye pensativa.
Él la mira, se da cuenta de que ella lo observa.
Qué linda sos, podríamos llevarnos bien- piensa el varón.
¡Ay!, me miraste, ¿nos gustaremos?- se entusiasma la mujer.
No puedo parar de mirarte- se le ocurre a él
Decime algo, invítame a salir, animate- Ella.
¡Cómo te invitaría a salir!, si no fuera porque no estoy solo, dejaría todo por probar esa boca, ese flequillo que esconde tus ojos, que linda sos, perdóname-  piensa él triste,  mientras la contempla.
Nuestro amor no puede ser.
Llega el subte.
Él se lo toma, ella no.
Adiós amor mío- exclama él con el pensamiento mientras apoya su palma sobre el vidrio y le regala una mirada desconsolada.
Adiós - responde ella con un puchero irremediable y un cielo oscuro en los ojos.
Una conexión, un subte, ni una sola palabra.
Como decía, en 1913 se inaugura este medio de transporte, siendo el primero en todo el hemisferio sur. Su primer objetivo fue acortar el tiempo de viaje entre la Casa Rosada y el Congreso, cuando éste se emplazó en su lugar actual. La primera línea estaba constituida por lo que hoy forma parte del tramo de la Línea A. Luego se inauguró la Línea B, en 1930, y en 1933 se comenzó la construcción de las restantes.

¿Tendremos algo en común, todos los que tomamos el subte?
Un sudafricano de unos 28 años, una señora arrugada de mirada triste  y seis décadas encima, un escolar de unos 15, una parejita encendida, un rubio turista , una familia, a mi juicio , norteña, y yo. ¿Qué tenemos en común? Sólo el vagón, supongo.
 El subte, al comienzo,  funcionaba hasta después de la 1 de la mañana, pero cuando el servicio fue privatizado, en el 94, la concesionaria Metrovías  redujo el horario, aduciendo que necesitaba tener la red cerrada durante más tiempo para realizar obras de modernización. El horario nunca se extendió. En la actualidad, sus líneas cierran entre las 23 y 24 horas.
De noche es cuando las cosas más increíbles y fuertes suceden. Son las 22. Me encuentro debajo de la terminal de trenes de Retiro. Claro, aquí comienza la Línea C, de Retiro a Constitución en un periquete. Desciendo por la escalera mecánica, tantas veces hice esto, tan temprano, con una manga de apuntes en el brazo, llorando porque no llegaba a leerlos a todos, y pensar, que bueno que todavía me queda el subte para leer, y volver a pensar, y concluir , da igual, tardo un poco más de 8 minutos, no leo ni el título.
Hay de todo aquí abajo, desde una cafetería, hasta negocios de ropa interior, pasando por el puesto gigante de diarios y revistas, las ventanillas para comprar los boletos, la oficina para recargar la tarjeta Monedero, la salita de cámaras de vigilancia, el quiosco grande, la gente, cuanta gente, y cuan diferente. Eso, creo, es lo mejor que tiene el subte, la heterogeneidad.
Camino despacio, con los auriculares. Tener los auriculares puestos me hace derivar todo mi potencial al otro sentido. Cuando los tengo puestos observo en demasía, si me los saco, escucho por demás.
Me choco con una pequeña, muy humilde, descalza. A unos metros visualizo a la mamá, roncando, tirada en un rincón, sobre unos diarios. Para mi horror, descubro que la enana juega con una rata muerta, y me pregunta, acercándomela hasta la panza, hasta donde ella llega, si sé decirle si es machito o hembra. Una ratita. Intento disimular mi cara de asco, disculpen, pero si, asco, y la convenzo de que la suelte, vaya a saber uno que se puede contagiar. Dios, qué decir.
El subte cuenta actualmente con 6 líneas, de la A a la E, y la H, todas, distinguidas por sus respectivos colores. Celeste, rojo, azul, verde, amarillo. La suma de esta red de líneas, compone 52, 3 km de vía. Si compusieran solo una línea recta, nos llevarían hasta las afueras de Buenos Aires, que genial sería irse hasta Rosario en Subte, en un par de horas.
La combinación entre líneas, comenzó sólo después de la creación de la D, las mismas son gratuitas.
Recargo mi tarjeta Monedero, en la ventanilla de pasajes.
Después de una larga cola:
Buen día, ¿me cargas $20 por favor?
Comencé a tomar el subte hace relativamente poco, antes de cursar en Consti, lo había tomado máximo 6  veces en mi vida. Vivo en provincia, el tren es lo mío, no soy fanática del centro, ahí está la clave.
Siempre tuve la tarjeta Monedero. Me pregunto cómo habrán sido los cospeles. “Un viaje en subte” y “Subterráneos de Buenos Aires” se leía en sus respectivas caras. Los mismos fueron moneda corriente hasta el 2000, hasta hace poquito, que chica soy.
El subte porteño se caracteriza por la presencia de murales que adornan sus estaciones. Los mismos fueron considerados como parte del patrimonio cultural de la ciudad de Buenos Aires.
Quedé en encontrarme con un amigo en la puerta de la facultad. Lo bueno de esta crónica en particular, es que crece cada vez que me tomo el subte, acción que, haga o no el trabajo, realizo.
Me bajo en la estación Independecia, y presto atención al mural. El cartel dice que esta línea es conocida como la línea de los españoles, y que sus murales hacen alusión a los distintos paisajes de España. Bonitos.
Si viajo por la línea A, encuentro azulejos blancos, decorados con colores,  que recubren sus estaciones, y que fueron instalados para facilitar el reconocimiento a los pasajeros analfabetos. Si lo hago por la B, me encuentro con murales heterogéneos, de diversos artistas, recibidos a partir de 1991. Algunas de sus estaciones los poseen, otras están totalmente pintadas de gris. Por ejemplo, en la estación Florida hay un mural sobre la historieta Patoruzú. En Uruguay, hay un mural que recuerda al Eternauta. La estación Carlos Gardel, posee, por supuesto,  murales que recuerdan al cantante de tango, quien vivía en las proximidades, por eso el nombre. La estación D es interesante, pues en sus andenes enfrentados, representa, mediante murales, una misma realidad, en un siglo y en otro. Son escenas referentes a mismos paisajes y lugares, pero uno, por ejemplo, la representa a principios del siglo XIX, y otra a principios del XX.
También leo, en la línea B, que ahí se hicieron hallazgos paleontológicos , y de pronto me imagino a un mamut tomándose el subte.  Los mismos se hicieron en los años 30, cuando se realizaban las excavaciones para construir la línea. Los restos son expuestos en la estación Tronador.
Que increíble viajar en un subterráneo, que no tarda más de cuatro minutos entre estaciones, tan cargado de tecnología y eficacia, e imaginarme en el mismo espacio un mamut, o más cercano, un indio. Como cambian las cosas, como cambiamos.
Son las 9 de la mañana. En la calle hace 5° de temperatura, llueve, como si no quiesiera.Acá abajo 15°. Qué manera de pasar calor. Ahora en invierno, no me quejo tanto, es el momento en que me saco cuatro de las siete camperas que llevo puestas, y disfruto de no titiritar tanto, hasta que me toque salir y subir, y volver a emponcharme, pero en verano, el cuerpo se vuelve de plastilina.
 Hay días en que el subte me pone de un profundo y molesto mal humor. No me suele pasar, no lo utilizo hasta el derroche, pero hay momentos en que la gente, supongo yo, me pone de mal humor. Me pongo en sus lugares y por momentos pienso, y claro, pobres, viven a las corridas, para llegar a un trabajo que no les gusta, para después cenar solos, o acompañados de alguien que ya no los entiende, o ya no los quiere entender, lo cual es peor. Pero de pronto pienso, bueno basta de ponernos todos en el lugar de los otros, ocupemos el nuestro y punto. Y ahí es cuando una mueca de mal humor me roba la cara y hace con ella lo que quiere, ante un gesto mal educado o impulsivo, en el que olvidamos al prójimo  y lo pasamos por arriba.
O la increíble situación de ver que compartimos vagón, y sólo eso, cada uno inmerso en su aparato de música, me incluyo, o en su celular, gritando a los cuatro vientos, para que nadie piense que no son indispensables. Me excluyo.
Y nos veo siempre acompañados, de la tele en casa, del celular en la calle o el subte, de la radio, y de pronto añoro un silencio mortal y solitario , en que todos seamos obligados a confrontarnos y ver qué pasa con eso.
Pienso de vez en cuando, hacia donde va esta crónica, me distraigo observando lo que ocurre a mi alrededor, las pequeñas grandes cosas que ocurren, las realidades que nos muestran, y nosotros las pasamos de costado, cual vidrieras, sin querer mirar, de reojo, sin culpa. Supongo que iré entendiendo como armarla: que es lo que tengo que contar, lo que no, que va primero, que, después, que sobra y que no puede faltar.

1 comentario:

  1. María,

    Me gusta mucho, mucho tu crónica! Muy Caparrós.

    Yo creo que este párrafo no es necesario:

    "Estos son algunos intentos de hacer una crónica, una crónica de la red de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires. Claro que la misma es enorme, mi intento contendrá algunas pequeñas grandes sensaciones acontecidas en algunos de sus rincones, intentando descubrir lo que el ojo acostumbrado no ve, cuando uno se toma el subte tan seguido, tan de memoria."

    Y éste me gusta especialmente:

    "Y nos veo siempre acompañados, de la tele en casa, del celular en la calle o el subte, de la radio, y de pronto añoro un silencio mortal y solitario , en que todos seamos obligados a confrontarnos y ver qué pasa con eso."

    No me parece que te hayas extendido. Sí pienso que con lo que tenés ya podrías cerrar el trabajo, a menos que tengas ganas de seguir escribiendo. Tendrías que pensar qué cierre darle. No hay un objetivo, estás mostrando, estás contando, la idea es esa. Vos tenés que determinar por dónde empezar y por donde terminar.

    Saludos!

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